En todas las vidas, y la mía no es una excepción, hay un momento que marca un antes y un después, un punto en el que el azar, la suerte, el destino o como quiera llamársele, te muestra un camino nuevo y te desafia a caminar por él.
Fue así como en noviembre de 1960 recibí la famosa carta de Niels Larsen y tardé muy poco tiempo en preparar mis escasas maletas y volver a Madrid.
Durante los años sesenta se rodaron muchas películas extranjeras en España. Samuel Bronston había puesto de moda nuestro país y un sinfín de técnicos, actores, directores de segundas unidades, por lo general no muy exitosos en los Estados Unidos, encontraban una calidad de vida en Madrid muy superior a la que ellos podían llevar en su país de origen.
Esta película, financiada con dinero de cinco o seis procedencias, fue el comienzo de mi amistad con Orson Welles. Desde el primer momento se estableció una mutua corriente de simpatía e interés entre los dos, que continuaría casi hasta su muerte, pocos años después.
A mi vuelta de Estados Unidos intenté superar la experiencia Welles dedicando mi tiempo principalmente a la distribución. Por entonces operaba con la sociedad Cineteca, S.A., que pretendió y consiguió ser una apreciada marca en la explotación de películas en versión original.
De 1975 a 1982 la actividad política y los acontecimientos fueron tan importantes que lo profesinal pasó a un segundo plano. Había que trabajar y ganar dinero para cubrir las necesidades básicas, pero la fiesta, la emoción, la pasión estaba en la calle.
Durante 1983 se produjo uno de los hechos más importantes de mi carrera profesional. Habiendo apoyado al Partido Socialista públicamente, se me consideraba en la profesión como muy bien situado en el nuevo gobierno. La realidad era que había conocido a Alfonso Guerra y Felipe González en casa de Julio Feo, que era Jefe de Gabinete del Presidente, y poco más.
En 1986, instalado ya en una lujosa oficina de la calle Velázquez 18, como paso previo a comprar las del número 12, me lancé a por todas. Ello significaba continuar trabajando con un talento como Trueba, pero también dedicarme a la caza mayor, y la pieza más preciada en aquel momento era Carlos Saura.
Lo más destacado de mi vida profesional me ha ocurrido desde 1985, aunque las más de 100 películas rodadas son historia muy reciente y no me apetece detenerme en un relato pormenorizado. Pero sí quiero destacar a aquellos que las han hecho posibles.
Mi director favorito es José Luis García Sánchez. Su calidad humana, su integridad, generosidad, buen humor y solidaridad con sus semejantes hacen de él la mejor persona que conozco.
Francisco Betriu es un director que eternamente promete hacer una mejor película.
Mi director más popular, Santiago Segura, es sin embargo el menos conocido.
Casi cincuenta películas producidas entre 1994 y 1997 me mantuvieron en un constante frenesí. Con la ayuda de Antonio Saura, Enrique de las Casas y Fernando Labrada, pude poner en marcha durante este tiempo la Fundación Cultural Media y la Media Business School.