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MATADOR. Pedro Almodóvar.

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En principio yo quería escribir una historia donde la muerte estuviera muy presente. Por carácter y cultura me siento más próximo a "Archibaldo de la Cruz"(Buñuel) que al "Séptimo sello" (Bergman) y, sobre todo, me siento mucho más próximo a mí mismo y yo nunca he tenido un criterio claro sobre el tema. Ésta era una de las razones por las que me atraía el asunto : descubrir cual es mi postura frente a una realidad tan inevitable como insondable, cotidiana y eterna, y que como muchas otras cosas de nuestra naturaleza nunca he llegado a aceptar.

Si me atengo al resultado del guión, la muerte para mí es un elemento de excitación sexual, con todo lo que eso arrastra. Un acto supremo de vitalidad, limpio, doloroso, amoral y estrechamente vinculado a la belleza y al amor. No quiero decir que la muerte sea sólo esto - en absoluto - pero sí que ésta es la posibilidad que más me atrae.

Son muchas las cosas que quiero contar con esta película (muchas de ellas sólo llego a intuirlas). Realmente no sé por dónde empezar. Tal vez, lo mejor sea hacerlo por el título :

MATADOR

Después de mi última película y las dificultades que tuve con el cartel y con la cabecera de títulos (nunca cabía), me había prometido a mí mismo un nombre corto. Aunque peque de ingenuo o presuntuoso, también pretendía un título internacional, una palabra que se pudiera imponer en cualquier mercado sin necesidad de traducción. En nuestro idioma no contamos con muchas de esas palabras, debía elegir entre "Carmen", "Lola", "Generalísimo", "golpe", "flamenco", "guerrilla", "corrida" y MATADOR. Y no lo dudé, además de cumplir ambos requisitos (brevedad e internacionalidad) "matador" esconde la esencia de la historia central.

"Matador" es alguien que mata, y esta circunstancia incluye a los dos protagonistas, Diego Montes y María Cardenal. Pero ambos nos son asesinos vulgares, no lo hacen movidos por la locura, el dinero, el odio, una ideología o un conflicto bélico, sino por amor y placer. Para los dos matar es la máxima expresión de amor físico.

Con esta película pretendo contar una especie de leyenda, utilizando y abstrayendo muchos elementos de nuestra cultura.

Me atrevería a formular un teorema (parecido al de Pasolini): "Si un día encuentras un personaje con el que sólo te has atrevido a soñar, no podrás darle la espalda. Algo mucho más fuerte que la razón te empujará a su encuentro, sin importarte que sea un encuentro mortal".

-¿Qué hace a estos dos personajes únicos? ¿Qué los distingue de su entorno?

-Su necesidad de amar y matar a la vez. Esto les convierte en mitos.

Él es un torero retirado por una cogida prematura.

Ella una abogada que imita su manera de matar.

Después de abandonar el ruedo, él crea una escuela de tauromaquia, pero tiene que seguir matando, porque "dejar de matar es como dejar de vivir". A ella también le gusta matar, y lo hace en el momento de entregarse físicamente a los otros, imitando el modo de matar del torero.

Pero ambos lo hacen en solitario. Nunca tuvieron frente a sí a un cómplice. Y aunque no hay que desdeñar el placer solitario, hay momentos, como el del amor, en que la reciprocidad es imprescindible.

"Matador" es una historia amoral y romántica. Los personajes sólo viven para el amor, no sólo los protagonistas. "Todo el mundo ama a alguien" podría ser otro de los títulos. El torero ama a la abogada, pero ella pone dificultades, las dudas propias del que ha soñado demasiado tiempo con algo y descubre que aquel sueño está cerca y es posible. Eva, una joven modelo, está enamorada del torero; cuando descubre su "afición" está dispuesta a sacrificarse o regenerarle, con tal de conservarle. El Comisario está enamorado (aunque en el guión no se note, porque no está explícito en los diálogos) de Ángel, el alumno de Diego que por un terrible complejo de culpa se declara reo de todos los crímenes que ocurren a su alrededor. Julia, la psiquiatra que le atiende, está enamorada del Comisario y no pierde las esperanzas de reconquistar algo que nunca tuvo. Y Berta, la madre de Ángel, una mujer intolerante que pertenece al Opus Dei, ama fanáticamente a Dios.

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En sus deliciosas memorias, Anita Loos cuenta de su jefe Irving Thalberg que entre otras imposiciones había una que invariablemente se repetía a la hora de discutir un guión: "El personaje principal debe estar enamorado de alguien, a ser posible de la protagonista". Hubo una película, no recuerdo el título, en que esta condición era difícil de cumplir para la guionista, sin atentar con la estrecha moral de la época. Los protagonistas eran dos hermanos. El chico no podía estar enamorado de su hermana y no había ningún otro personaje importante de quién enamorarse. Cuando Anita Loos expuso su problema a Thalberg éste le contestó: "Haz entonces que él esté enamorado de sí mismo". Y, en efecto, Anita lo convirtió en un ególatra. Irving Thalberg hubiera estado encantado con este guión; hay en él amor para derramar en varias películas, aunque probablemente no hubiera estado de acuerdo con el tono. Quiero realizar una película romántica, pero nada melodramática, al contrario, muy feroz. Pretendo emocionar al espectador, pero con una emoción salvaje.

La belleza siempre ha estado condenada a morir (Ava Gardner casi siempre tuvo que morir en sus películas) y no me refiero sólo al deterioro físico, que es una forma de muerte pasiva. La belleza, como el amor-pasión, son siempre excepciones que por su naturaleza irracional atentan contra todo tipo de orden. No sabría acusar exactamente cual es la mano del verdugo que ejecuta el castigo, porque hay muchas. Ningún orden, ninguna ideología, ha protegido o simplemente admitido lo bello, o lo apasionado, porque ambas cosas son incontrolables.

Como en todas las grandes leyendas, también "Matador" está marcada por la muerte, pero no por la fatalidad. Me niego a que mis personajes estén condenados. Me rebelo contra ello.

Pero, ¿cómo huir de la fatalidad para poder ser dueños de nuestros deseos, de los amores que los provocan y de la belleza que a su vez provocó ese sentimiento?.

La solución es decidir nosotros mismos nuestra propia muerte, arrebatarle al destino su guadaña y convertirnos en nuestros propios ejecutores; y lo que es más importante, gozar ilimitadamente con ello.

Éste es el caso de los protagonistas. Al decidir por su propia tragedia y convertirla en la base única de su placer, se burlan y vencen la amenaza de la fatalidad.

He hablado del amor, hablaré ahora de la belleza, aunque en el futuro (cuando la película esté terminada) estas palabras se vuelvan contra mí. La belleza, en todas sus manifestaciones, es un elemento clave en "Matador". La de la luz, la de sus intérpretes, la de la música, la de los decorados, la de las palabras.

LA LUZ .Como opción estética me había planteado dos alternativas: hacer una película de crímenes donde la sangre salpicara al espectador tipo "Matanza de Texas", o lo contrario, una película elegante y exquisita donde la violencia estuviera sustituida por la emoción y los sentimientos. Me he decidido por ésta última, como contrapunto a lo "tremendo" del argumento y para quitarme de encima la eterna pregunta de "por qué sólo me interesa el cruterío".

Ángel Luis Fernández se encargará de iluminar mis sueños y poner sombras a mis pesadillas. Como referencia le he puesto los grandes melodramas de Douglas Sirk, la transparencia mágica de "Pandora y el holandés errante", la quietud inquietante de Zurbarán, la agresividad del primitivo Trucolor (Duelo al sol, en especial) y no sé cuántas cosas más.

El resultado probablemente no recuerde a ninguna de estas películas, y las recordará a todas. Porque Ángel Luis es un joven operador dotado de una intuición extraordinaria, como ya lo demostró en "Arrebato, Entre tinieblas u Ópera prima". En nueva York, Néstor Almendros me preguntó mucho por él despues de ver "Que he hecho yo...".

Pero de nada serviría la habilidad de Ángel Luis Fernández si no contáramos con los adecuados

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DECORADOS. Casi todos ellos, además de su significado realista, son lugares metafóricos que representan no sólo el espacio sino el espíritu y las emociones de los intérpretes. Muy amplios, con varias zonas de luz, de colores vivos y densos, suponen un firmamento a través del cual los personajes evolucionan como si fueran astros, especialmente los dos protagonistas, que siempre tendrán luz propia, independientemente del ambiente. El propio cielo de Madrid se convierte en un decorado importante cubierto de nubes espectaculares que afectan, representan y enmarcan las turbulencias de uno de los personajes, Ángel, víctima de una educación mostruosa e intolerante y de una admiración apasionada y ambigua por el maestro matador.

Pin Morales y Román Arango, habituales colaboradores de Berlanga, se encargan en esta ocasión de los decorados. Todos ellos insólitos y todos localizados en Madrid, ciudad que entraña localizaciones mucho más sorprendentes de lo que yo creía.

LOS INTÉRPRETES. A juzgar por sus cinco intérpretes principales "Matador" también podría llamarse "El extraño caso de las cinco bellezas". Todos ellos son guapos, y no hablo de una belleza banal y decorativa, sino desconcertante, eterna, espectacular. Una belleza que excita y desasosiega.

Nacho Martínez es el torero. Con diez kilos menos, vestido y aconsejado por Cossío, resulta dificil reconocerle en su anterior trabajo, como el hermano mudo y bonachón de Tasio. Nacho posee la gravedad de los grandes toreros. Su cara no tiene edad, más allá de unas líneas muy marcadas parece esconderse la conciencia de la tragedia inevitable, el dolor asumido con vitalidad. Su sobriedad lo expresa todo. ¿Ha visto alguien sonreír a un torero? Yo, desde luego no.

Assumpta Serna es María Cardenal. Fría e insondable, hasta que decide hablar; entonces su boca es como la de un horno. María está hecha de hielo transparente, pero en su interior aloja un verdadero incendio. A Assumpta la hemos teñido de negro y hemos acentuado los ángulos de su rostro. Resulta una mezcla de Anouk Aimée y Fanny Ardant. Siempre se intuyó en ella una gran capacidad para bucear en el fondo de lo prohibido, pero esta vez va a demostrar que también puede expresar una pasión sin límites, y que su distante aridez no es sino una máscara con la que se protege mientras espera.

Eusebio Poncela hace el Comisario. Toda la aureola de dureza, misterio, ambigüedad e ironía, sedimentada alrededor de Eusebio en los últimos veinte años le va como anillo al personaje. Es más un criminólogo que un policía, no le interesa hacer justicia, carece de sentido moral. Sólo le interesa saber si la gente ha "hecho algo" y "cómo lo ha hecho". Sobrio, elegante, escéptico, Eusebio va a componer una imagen distinta de Comisario. Desde el primer momento se siente fascinado por la belleza e indefensión del Ángel culpable. Todas sus indagaciones parecen dirigidas más a demostrar su inocencia que su culpabilidad. Nunca habla de él mismo, pero el espectador se enterará de ciertas cosas por "lo que mira" y por "cómo mira". Incómodo y escurridizo, espero que este Comisario esté a la altura de los anteriores personajes de Poncela, actor que en cine ha tenido una carrera escasa, peculiar y brillante.

Eva Cobo y Antonio Banderas hacen la pareja joven. A pesar de sus 18 años, Eva posee la fuerza y el carácter de las grandes heroínas melodramáticas de los 40. Su papel es el de una mujer enamorada y dispuesta a defender a su hombre con uñas y dientes, mintiéndose a sí misma cuando se entera de que es un asesino, y con esa confianza ingenua de que su amor le redimirá. Pero Diego no es como los demás; aunque ella niegue la evidencia, pertenece a otra especie, la de María Cardenal.

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Antonio Banderas es Ángel, el alumno de Diego que busca en los toros una especie de castigo. La admiración por su maestro, y un terrible complejo de culpa, le empuja a sentirse y declararse culpable de todo. Banderas es un actor experto, a pesar de sus veintipocos años. Está lleno de frescura, bonhomía e intensidad. Con "Réquiem por un campesino" y "La corte de Faraón", éste va a ser su año. Le ha tocado el papel más complicado de la película, pero con él voy seguro.

Además de estas cinco "bellezas", cuento con la colaboración de tres mujeres imprescindibles: Julieta Serrano, Carmen Maura y Chus Lampreave.

Trabajar con ellas ha supuesto para mí no sólo un privilegio sino una continua emoción. Las tres han nacido para actuar. Están superdotadas. Cada una posee una técnica absolutamente personal y son de una generosidad que yo nunca agradeceré bastante. Su mera presencia aumenta la entidad de sus personajes.

Admito que soy fan de las tres y un fan, ya se sabe, no tiene medida cuando habla de sus ídolos. En cualquier caso, basta echar un vistazo a sus trabajos para comprobar que no exagero.

Pero hay mucha más gente que colabora en "Matador": Jesús Ferrero, el autor de "Belver-Yin", me ha ayudado en el guión; Bernardo Bonezzi, como en "Qué he hecho yo...", se encargará de la música; toda la plana mayor de los nuevos diseñadores españoles vestirán a los personajes (Francis Montesinos se encargará de Eva Cobo, Angeles Boada de Assumpta Serna, Antonio Alvarado de Eusebio Poncela, etc.). Las joyas las ha diseñado un joven genio llamado Chus Burés.

Tengo la impresión de no haber contado nada de la película. Es difícil, además de aburrido, expresar todo lo que uno siente por una película días antes de rodarla. Del cine, lo que más me importa , es hacerlo. En eso consiste mi aventura.

Hace mucho tiempo que quería hacer "Matador". Descubro ahora que me resulta imprescindible, y no sé por qué.

Doy gracias a Dios y a Andrés Vicente Gómez de que hagan posibles mis deseos. También se lo agradezco a mi hermano Tinín (la saga Almodóvar continúa), a Rafael Monleón (mi mano derecha), a Cossío (fino estilista y amigo del alma), a Esther García, una mujer que demuestra que lo sexy no está reñido con producción, Marisa Ibarra (silenciosa como una gioconda, además no se le escapa nada), a Eusebio Graciani (fiel, ayudante, eficaz, barba insaciable de trabajo), Miguel Gómez, etc., etc.

PEDRO ALMODÓVAR (1986).